jueves, 13 de julio de 2017

miércoles, 5 de julio de 2017

Decimoquinto domingo del tiempo ordinario

Is 55, 10-11: Mi palabra que sale de mi boca no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad.
Rom 8,18-23: La creación está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios.
Mt 13,1-23: Parábola del sembrador.

Jesucristo nos expone hoy una bella parábola: la parábola del sembrador, que salió a sembrar la semilla y la sembró en distintos ambientes, en distintas besanas. Es la parábola que nos habla de la actitud del hombre ante la Palabra de Dios y su mensaje. Por eso, es una parábola cuyo simbolismo encarna la orientación de sentido de toda existencia humana, en cuanto actitud fundamental y radical de vida: o vivir abierto al horizonte de Dios, o vivir de espaldas a él; o vivir descubriendo y conquistando la vocación de Dios que e el hombre, o vivir sumido en el olvido o en el rechazo positivo de dicha vocación. No nos engañemos, en la vida no hay más que opciones, aunque como veremos, la parábola nos habla de cuatro aptitudes.
La primera actitud podríamos catalogarla como actitud de la superficialidad: oímos, pero no escuchamos, por eso dice San Ambrosio que a Dios lo oímos cuando lo escuchamos. En el fondo, ni Dios ni su Palabra nos importan, desplazando así el centro de gravedad del sentido de nuestra vida: del corazón a la epidermis, de lo interno a lo externo, de lo importante a lo que carece de importancia, de lo permanente a lo efímero, del valor auténtico a los contravalores que nos deshumanizan. Hemos dejado al Dios de la vida para echarnos en brazos de los dioses de la muerte, que como <<pájaros del cielo>> se comen y destruyen lo poco de bueno que hay en cada uno de nosotros.
Estamos acostumbrados a encarnar y vivir el instante, el momento –carpe diem, en el decir latino-, traducido en un rabioso existencialismo vital, que nos induce a vivir, no desde la profundidad, sino desde la banalidad. Por eso, la Palabra de Dios cae en la orilla de nuestro corazón, porque orilla es también toda nuestra vida.
La segunda actitud encarna la inconstancia y el cansancio existencial: oímos y escuchamos, pero no nos comprometemos. La Palabra de Dios cae en una besana que tiene mucho pedregal. De momento nace y crece (oímos y escuchamos), pero, también de momento se seca porque la tierra no tiene mucho jugo (no nos comprometemos).
En muchas ocasiones somos auténticos pedregales con respecto a la Palabra de Dios. Oímos y escuchamos la Palabra de Dios hasta la saciedad, vamos al templo, en nuestras propias casas tenemos la Biblia, y, sin embargo, la Palabra de Dios no pasa de ser para nosotros meras palabras que se las lleva el viento. Nos gusta lo que dice, pero no lo ponemos en práctica, según el refrán: <<Una cosa es predicar; otra, dar trigo>>. Puede más en nosotros la comodidad que las exigencias a que nos invita la misma Palabra de Dios.
La tercera actitud podría ser calificada como la actitud de la hipocresía de vida, que trata de compatibilizar al mismo tiempo dos opciones diametralmente opuestas, distintas y distantes. Servir al mismo tiempo a la Palabra de Dios y a las sugerencias, apetitos y ambiciones que nos plantea nuestra palabra humana. La Palabra de Dios cae en la tierra buena de las intenciones últimas de nuestro corazón, pero pronto los afanes de la vida, la adulación de las riquezas y del poder, las comodidades materiales, pervierten el fondo bueno que hay en nosotros y ahogan todo intento de que la Palabra de Dios arraigue y germine. La conclusión de todo esto es la <<domesticación>> de la Palabra, acomodándola a nuestros intereses. Encajamos las exigencias de la Palabra con nuestros caprichos personales.
La cuarta y última actitud es la de la autenticidad y la coherencia ante la vida. Vivir la vida con sentido; crecer, madurar en la vocación de Dios. La Palabra de Dios cae en buena tierra. Nos mostramos a Dios como somos, y dejamos que él nos inunde con su gracia y su luz. Así aprendemos a confiar en Dios, de tal modo que nada ni nadie puede cercenar esa confianza. Ello requiere comprometerse intensamente con la causa de Jesús y el Evangelio, conjugar la oración con la acción, vivir la vida de la fe que opera por el amor, como bien nos indica el apóstol Santiago (cf. 2,14-26).
Un exegeta, Pronzato, ampliando la parábola de Jesús, ha añadido una quinta actitud de vida ante la Palabra de Dios, oída centenares de veces, no penetra, no cala, no es asimilada ni interiorizada, no remueve nada con profundidad. Simplemente, se deposita, se acumula, en el fondo de nuestro corazón, permaneciendo en él inutilizada.
Mis queridos hermanos, se ha dicho que después de la reforma protestante, nosotros, los católicos, nos hemos quedado con la Eucaristía y ellos con la Biblia. Esto, evidentemente, no es del todo exacto, pero una cierta verdad hay en ello. Quizá sería bueno que comenzásemos por revisar nuestra actitud ante la Palabra de Dios. Para ello, nada mejor que la lectura serena, pausada, reflexiva de la Biblia. Y sería aún mejor que esa Palabra leída la hagamos vida en nuestra vida.

jueves, 29 de junio de 2017

Decimotercero de tiempo ordinario

2 Re 4,8-11.14-16: Este hombre de Dios es un santo.
Rom 6,3-4.8-11: Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios.
Mt 10,37-42: El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

Decíamos el domingo anterior que uno de los grandes problemas que azota a nuestras sociedades actuales es su falta de trascendencia y su apuesta total por la inmanencia. Ello origina que se valore el cuerpo y todo lo que entra dentro de su esfera, aparcando y denostando la dimensión del espíritu. Por ello, veíamos que el hombre actual no le teme a la “muerte” del espíritu, y sí a la del cuerpo, en oposición directa al mensaje de Jesús.
En los albores del siglo XXI el hombre anda engolfado en sus asuntos terrenos. Su única mira es la tierra, y sus únicos móviles, los terrenales, que inciden directamente en la así llamada “cultura del cuerpo”, expresión del mimo y del cuidado casi obsesivo que el hombre dedica a su cuerpo: saunas, masajes, diversiones. El lema es fácil: “Todo para el cuerpo, nada para el espíritu”. De estos planteamientos se desprenden las filosofías de vida que vacían de sentido el humano vivir: el hedonismo, el sensualismo, el erotismo y el materialismo. Por eso, no puede extrañarnos que el hombre, y también bastantes cristianos, se afanen en “encontrar” subida, no en “perderla”; en desembarazarse de la cruz, no en abrazarla.
El Evangelio de hoy se sitúa en la misma línea que el del domingo anterior. Jesús vuelve a insistir en qué es lo realmente importante en la vida del hombre: Dios. Por ello, Jesús nos invita a apostar por Él y por su causa, sin ambages ni rodeos. Y lo hace con frases tan lapidarias como éstas: “El que no tima su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará”. Es decir, los parámetros que configuran el seguimiento de Jesús son tres: la totalidad, la radicalidad y la fidelidad en la entrega.
En primer lugar, la totalidad. El seguimiento de Jesús no es compatible con otras opciones. El Reino de Dios exige dedicación plena, porque es el único valor absoluto que nos realiza y llena nuestra vida de sentido. Por eso, Jesús afirma que “el que quiere a su padre o madre más que a mí, no es digno de mí”. No es que Jesús esté condenando el amor a los padres, sino que lo único que trata de poner en claro es que más importante que la familia es el Evangelio. De ahí, el aserto de Jesús: “Buscad el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33). Ante la llamada insistente de Jesús al seguimiento, los cristianos tendríamos que preguntarnos más a menudo cuáles son nuestros ídolos, nuestros deseos más ocultos, nuestros amores secretos, que están cercenando y minando la totalidad que exige la causa de Jesús.
En segundo lugar, la radicalidad. El seguimiento de Jesús no es compatible con las comodidades de la vida, ni con las medias tintas verdades a medias. La cruz, distintivo de la vida cristiana, supone asumir, y no rehuir, las dificultades, los riesgos y los peligros que entraña el anuncio del Evangelio. La cruz siempre es pesada, por eso hay que llevarla como elemento purificador. Acogerla, abrazarla, transformarla. No eliminarla ni huir de ella. Decía K. Rahner que uno de los mayores obstáculos para aquellos que quieren ser cristianos es la cruz, pero –se pregunta- ¿hay otra forma de serlo? Evidentemente no. Por eso no son cristianos –es decir, seguidores del Señor- quienes han apostado por él, pero puede en ellos más su indolencia que su entrega; su inercia que su entusiasmo; su vida light y muelle que su radicalidad y sinceridad de vida. Sería bueno que cada uno de nosotros, que nos decimos y llamamos cristianos, revisásemos cuáles son nuestras particulares cruces. Si son o no auténticas; y en este caso, si ellas son nuestra señal de identidad.
En tercer lugar, la fidelidad. El seguimiento de Jesús no es compatible con otros seguimientos, como pueden ser nuestros caprichos, nuestros gustos personales, nuestra forma peculiar de aplicarnos el Evangelio en la vida, los slogans de una vida feliz basada sólo en puras cuestione económicas, el vivir de cara a uno mismo sin que nada me importen los demás. Por ello, la fidelidad está estrechamente unida a la totalidad. No se puede compatibilizar la vida cristiana con la permanente esquizofrenia de tener dividido el corazón en tantas partes cuantos deseos y apetencias nacen del mismo corazón. La fidelidad supone la coherencia y trasparencia de vida. Ser un cristiano a carta cabal.
Seguir a Jesús y ser testigos del Evangelio en la sociedad de hoy supone nadar contra corriente;  afrontar los retos de una posmodernidad que vive al día y se ha encaramado en los valores de un materialismo devorador. Jesús nos pide hoy que le sigamos con los cinco sentidos puestos en él, haciendo caso omiso de las llamadas, seducciones y engaños que nos vienen de todo lo que no es el Evangelio: “El que encuentre su vida la perderá”. La vida es un riesgo y un don: estar dispuesto a darla por los demás. Aquí está la clave de toda felicidad, de toda realización personal y de todo sentido humano:”El que pierda su vida por mí, la encontrará”.